Mariposas

libres.

Así están ahora, libres. Pero no estoy muy segura de si eso era lo que ellas querían realmente. Las insté a volar lejos de mí pero no se iban. Revoloteaban a mi vera y se posaban en mi cara, en mis manos y cabeza. Antes de irse por la obligación del momento, me hicieron saber que yo les caía bien. Quizá porque he sido lo único que han visto desde que eran unos gusanos. Las he alimentado, las he acariciado, las he observado con curiosidad y las he defendido de los torpes ataques de Tesla. Durante estas dos semanas yo he sido su Diosa. Una especie de ser mágico omnipresente y omnipotente que les proporcionaba azúcar, en forma de fruta o diluido con agua, para que pudiesen sobrevivir.

Los primeros días fueron bastante raros. Nunca había cuidado de gusanos. Nunca había sido tan sencillo mantener algo con vida. La verdad es que mi historial no me avala. Todo se muere en mis manos, salvo Tesla (mi gata), que es una superviviente nata y, también, por qué no decirlo, mi madre no la deja morir de hambre. ¿Triste? Quizá… Ya me he acostumbrado. Por eso, aunque me gusten mucho las plantas, no me atrevo a condenarlas a una muerte lenta y agónica bajo mis dominios. No podría mantener con vida ni a un cactus, y ahora tengo dos por falta de uno. Me estoy dando otra oportunidad con los organismos “cloroplásticos” de baja demanda acuífera. No sé si sobrevivirán, pero cuando quiero tener mucha fe, y confío en que salga bien.

Sufro de olvidos crónicos, que tampoco es que sea un sufrimiento, pero me ha causado más de un contratiempo. Teniendo en cuenta este hándicap innato, el miedo a que pudiesen morir los gusanos antes de llegar a crisálida era el desayuno de cada día. Y digo desayuno porque solo me duraba hasta mediodía; luego, simplemente se me olvidaba.

Sea como fuere, esos pequeños seres patudos y pseudoverdosos me alegraban la existencia. El motivo principal supongo es obvio: Soy fan fan de los bichos. Y estos eran muy “monis” (Monis: Palabra que me parece muy estúpida pero he incluido sin querer a mi vocabulario a causa de la contaminación lingüística involuntaria que sufro por parte de mis prójimos a diario).

La razón de ser de estos seres fue un juego de recompensa aleatoria en una red social. Tengo cierta predisposición aguda a idear juegos azarosos de ingenio y observación, así que, de vez en cuando, me toca premiar a los participantes más avezados. Casi nunca gana nadie, pero de un tiempo a esta parte, gana siempre el mismo. Pero, volviendo a mis “bichitos”, decir que me alegro haya sido así. Me alegro de que él haya ganado y me alegro de haber pensado que el mejor regalo sería un jardín. Un jardín, sí; pero de mariposas. De bellas y metamorfoseadas mariposas.

Como he dicho, los primeros días fueron extraños. Empezando porque la premiada no era yo, pero tuve que hacerme cargo del premio por circunstancias de esta vida loca. Puestos a preferir y elegir, me hubiese gustado que el ganador hubiese vivido la experiencia. Pero no pudo ser, así que, estos días de “butterfly-sitter” ¡van por ti!

Se movían, comían y, en ocasiones, creo que dormían. Contoneaban su anatomía al compás y daba gusto verlas. Todas y cada una de las 5 larvas eran anatómicamente perfectas, a mi juicio, que nada tendrá que ver con la valoración de un experto en lepidópteros. Para mí, eran todas muy bonitas y merecían nombres acordes a su aspecto. Miércoles, Mortis, Glotón, Trakos y número 7, como las llamé, eran el mejor remedio posible a la nostalgia contenida por la compañía perdida. No me entendían, pero hice suyos mis problemas amargándolas cada día con los capítulos más turbios de mi insulsa vida.

Crecían, sí. Cada día era más grandes. Empecé a plantearme cambiarlas de recipiente y meterlas en una garrafa de 5 litros. Pero abandoné la idea cuando empezaron a tejer hilos de seda, cual tela de araña, por todas las paredes del bote que, acompañados de comida, excrementos y restos de su anatomía amputados, conformaron su pequeño ecosistema “crisadil”.

Sí, los días iban pasando y la etapa crisálida estaba cada vez más cerca. Yo, expectante, cada mañana miraba el bote en busca de que alguna hubiese decidido colgarse te la tapa del mismo para dar paso a la metamorfosis. Los primeros 4 días mis observaciones no registraron nada fuera de lo común hasta entonces. Es decir, nada distinto a 5 gusanos comiendo y excretando a la vez que tejen redes donde poder acostarse para dormir. El ecosistema ganaba densidad, las larvas tamaño, pero aún quedaba un día más para la transformación.

Al día siguiente, amanecieron todas recubiertas por una fina capa casi transparente de tejido sedoso. Tres colgaban de la tapa del bote y otras dos yacían en el fondo del recipiente en posición feto. Lo primero que pensé al verlo es que estas dos se habían caído y que lo más probable es que no sobrevivieran. Cuando mis pensamientos apocalípticos se fueron, me puse manos a la obra. Tocaba acondicionar el “jardín”.

Las mariposas estaban al llegar y necesitaban un hábitat en el que poder volar. Acondicioné una cesta de rejilla (necesaria estructura telar para que la mariposa al nacer pueda escalar antes de lanzarse a volar) con una maceta de flores y un poco de fruta cortada en el suelo de la cesta. No sabía cuando iban a salir de la crisálida, así que, el hábitat debía estar preparado para cuando llegase el momento.

Una vez terminé de acondicionar la cesta extraje del recipiente todas las larvas, ahora en etapa crisálida, y las deposité en su nuevo hábitat. Ahora, tocaba esperar.

Durante la etapa crisálida la observación de estos seres se hace un tanto monótona puesto que el reposo absoluto es la clave para una buena metamorfosis. Aunque serás testigo de algún que otro espasmo larvil, señal inequívoca de que tus insectos siguen con vida.  Además de eso, solo has de comprobar que el bote sigue en pie y no se ha caído, ya sea por la curiosidad de tu gato (que yo creo más bien es envidia. Tesla se sentía desplazada y en cuanto podía intentaba atentar contra la vida de las futuras mariposas) o el descuido premeditado de unos progenitores intolerantes con toda forma de vida ajena a la humana. Hechas esas comprobaciones, puedes irte en paz.

Los días fueron pasando, y de forma escalonada las mariposas fueron surgiendo. Cada mañana, una mariposa nueva revoloteaba en la cesta. Aprovechaban la noche, mientras yo dormía, para salir de sus caparazones de seda y darme una bonita y feliz sorpresa cuando amanecía.

Casi todas habían salido de la crisálida y volaban danzantes y felices tres días después de que la primera lo hiciese. Pero faltaba una. Aún quedaba una por transformarse y, por suerte, fui testigo de esa transformación. La mañana del viernes 14 de julio Miércoles volvió a ver el mundo, pero ya no tenía que reptar para avanzar; ahora podía ¡volar!

Disfrutamos del vuelo de todas y cada una de ellas durante los 2 días posteriores; al tercer día, tocaba dejarlas en libertad.

Así fue. Elegimos un entorno natural con las flores suficientes para que hambre no tuviesen que pasar y ahora son libres.

Mientras se marchaban vi en cada una de ellas un trocito de mí. Un trocito volador que me abandonaba al grito de “ven, ¡vuela tú también! No nos mires, ¡únete!”. Ojalá… No sé en qué etapa estoy. Quizá siga siendo una frágil y espasmódica crisálida que sigue mutando en su interior para convertirse en una aguerrida mariposa capaz de todo aquello que se proponga. No lo sé. Pero de algo estoy segura, algo dentro de mí está cambiando. Noto que estoy evolucionando. Poco a poco voy rompiendo la crisálida. Poco a poco voy expandiendo mis alas…

El vuelo está cerca. Un mundo cada vez más hostil me espera. Me preparo para la supervivencia.
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