Un año con Tesla

…y gatunamente felises.

Lo tuve claro nada más verte. Sí, me enamoré de ti a primera vista. Nunca he creído en ese tipo de amor, pero lo sentí y ahora creo. Desde entonces creo. Quizás con los animales esté más predispuesta, o simplemente todo sea más sencillo que con las personas. Les das cariño, te dan cariño y no hay más en lo que pensar.

Eras y eres tan bonita; tan gatunamente bella que era imposible no reparar en tus felinosos contoneos. Te paseabas entre los arbustos acompañada de más mininos como tú. Diferentes físicamente, pero igual de adorables y vulnerables. Yo me fijaba en ti porque sin haberte llegado a acariciar, en mi cabeza ya te había adoptado. Llevarlo a cabo, solo era cuestión de tiempo. Exactamente dos días, el primero para convencer a tu padre de que fuésemos una cat-family, y el segundo para conseguir una caja en la que poder llevarte a ti y a tus hermanos a un nuevo hogar, con el consentimiento y beneplácito de las personas que os alimentaban en el lugar donde os encontramos.

El viaje de vuelta a casa fue un poco atropellado. El coche de tu abuelo nunca ha sido muy de fiar, pero llegamos y pudiste conocer a todos los que ahora conformamos tu familia. Dos tíos, dos abuelos, dos hermanas y un padre y una madre guays. Pasamos de una familia numerosa a una aun más. Y ojalá hubiésemos podido cuidar de tus hermanos también, pero no era posible, así que me encargué de buscarles un buen hogar.

Durante una semana estuvisteis los cuatro conmigo; maullando en mi oído, comiendo de mi mano, arañándome, intentando morderme, asustadizos y ariscos, pero confiando poco a poco. Obviamente, yo os alimentaba. Así que, tampoco teníais otra opción más que fiaros de aquella humana servicial que se postraba ante vuestras presencias gatunas para ofreceros los mejores manjares. Sé que con vuestros juegos de gatitos, salvajes y maléficos, intentabais acabar con los seres humanos que os rodeábamos, pero con el paso de los días se os fue pasando el instinto asesino.

Dos semanas después tus tres hermanitos tenían un hogar. Y tú y yo empezábamos a consolidar el nuestro, dejando claro los roles que ocuparía cada una. Yo atendería todas tus necesidades y tú me dejarías darte amor, sin arañarme demasiado, las veces que, con algún ronroneo, me indicases que era el momento perfecto para acariciar tu suave cabellera gatuna. Además de eso, dejaríamos claro que en mi ausencia le debías sumisión a tu abuela y a tu tío Janca. Aunque esto siempre caía en saco roto, porque nunca has hecho ni harás caso a nada ni a nadie. Una rebelde sin causa, y en eso me recuerdas a mí. En el fondo nos entendemos. Yo te respeto y tú me respetas (salvo cuando te da por hacer pis en mis zapatillas -.-‘).

Yo siempre he defendido una crianza anárquica, sin normas ni restricciones. Que vagues a tus anchas y fluyas por casa como un riachuelo en un bosque. A sabiendas de que esto me ha costado algún que otro conflicto interno con mis progenitores, ya que tu imprudencia y descontrol a la hora de saltar se ha llevado por delante algunos imanes de la nevera, algún que otro vaso, y de vez en cuando alguna figurita del salón. Pero no solo eso, claro, pues tu afán por arañar todo lo susceptiblemente arañable también nos ha traído por la calle de los enfados. Las puertas, los sofás, las cortinas… etc. En fin, cualquiera que tenga un gato sabe a lo que me refiero.

Pero los comienzos nunca son sencillos y yo vivía con el pánico de que pudieses caerte por la ventana en un asalto temerario a alguna mosca u otro insecto volador.  Eras muy pequeña y no medías muy bien las distancias. El instinto cazador magnífico, pero demasiado suicida para mis nervios. Cuidar de ti era responsabilidad mía y de tu padre, cuando éste podía verte. Pero la mayor parte del tiempo la vigilancia corría de mi cuenta y más de un susto me he llevado. He incordiado a R. con mis paranoias, pero te hemos cuidado y te cuidamos lo mejor que sabemos; y lo seguiremos haciendo, claro. Nos uniste, nos unes y nos unirás siempre. Y no porque seas un eslabón, sino por ser la cadena entera y nosotros los simples medallones que colgamos de ella. Unos emisarios del destino, o la casualidad, a los que se les encomendó la noble tarea de dar una segunda oportunidad a 4 gatitos.

En cuanto a R., sé que preferiría tenerte más tiempo a su lado, pero las circunstancias no le permiten algo menos intermitente y de más duración. Y aunque le haya podido saber a poco su experiencia con una mascota satélite durante este año, ha llegado a quererte y ha aprendido mucho sabiendo que te tiene. Y quizá te quiera más de lo que yo puedo ver o llegar a imaginar.

¿Sabes? En el fondo, creo te necesitábamos más nosotros a ti que tú a nosotros. Porque hacernos responsables de otro ser vivo distinto de mí y distinto de él nos ha hecho mejores humanos. La simbiosis perfecta entre la supervivencia y el amor. Nos has enseñado a quererte y a querernos, siendo la artífice perfecta de muchas caricias compartidas.

tesla gata

¡Qué felices nos has hecho, Tesla! Así, como eres; con tu indiferencia intermitente y tu ternura interesada. Tan tuya, tan gata. Cuántas tardes de juegos nos has regalado, cuántos sueños y bostezos te hemos fotografiado, cuántas visitas en transportín pensando en no perturbarte más de lo estrictamente necesario. Cuántas bandejas de arena cambiadas por tu padre (yo no puedo con el olor) y cuántas noches en vela contigo rondando hasta caer rendida. Sobre la cama, debajo de ésta, encima de la nevera, en la terraza, en la ventana o dentro de la ducha. Duermes siempre donde te da la gana y todo te da igual. Solo quieres estar cómoda, que te alimenten cuando tienes hambre, que te den mimos cuando estás cariñosona y que te dejen dormir tus 18 dispersas horas. Quieres paz, tranquilidad y alguna que otra distracción que te permita perseguirla, arañarla, morderla… cazarla, para así gastar toda esa energía que aguarda en ti cuando no te da por saltar.

Sabes cómo ser feliz y yo no te lo voy a impedir. Porque tu compañía gatuna, aún siendo distante muchas veces, se agradece. Se agradece cada vez que llego a casa y saltas sobre la cama para que te dé amor. Cada vez que estoy desayunando y te da también por comer. Cada vez que te enredas en mis tobillos para recordarme que estás ahí y reclamas mi atención. Cada vez que estoy triste y te acercas para que desvíe mi atención de la inútil tristeza y me centre en ti que me haces feliz. Cada vez que me has dado un “minilametón” para que valore y no olvide lo que de verdad importa y, especialmente, cuando en alguna ocasión me has salvado hasta la vida. Por todo esto y más, se agradece. Y le agradezco a la casualidad (que tanto le gusta a R.) que te haya puesto en nuestro camino aquel 18 de junio de 2016, quizá tú fuiste nuestra misión desde el principio, quizá tú y nosotros sí que “andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”.

ʻOhana.

R.D.T.

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