Felicidades, M.

… un día después.

Mira qué cumplir años un martes 13… ¡Yo nunca he tenido esa suerte!

Suerte, sí; porque de sobra conoces mi debilidad por el oscurantismo y las supersticiones del más allá que inspiran tanto a mi más acá. Haber nacido un 13, en martes, habría sido una buena profecía de lo que sería mi vida y con orgullo disfrutaría cada desgracia devenida. Pero, ojo, ¡no me quejo!; podría haber sido peor. Pero bueno, hoy es un día de postfelicidad y, por deferencia al mismo, voy a aparcar el tremendismo dramático que me caracteriza e intentaré, en la medida de lo que esta naturaleza mía me permita, ser “positiva” … ¡Para que luego digas que no hago cosas por ti!

Es martes 13, sí. Y es uno de mis días favoritos del mes cada vez que se da. Debería estar pletórica y rebosante de inspiración para dedicarte un par de pseudoestrofas interesantes a la par que aburridas, pero no es el caso. Hoy me siento vacía de inspiración y estoy recurriendo a la música, como siempre hago, para llenarme un poco. De todas formas, pienso firmemente que cualquier cosa que escriba hoy será la vergüenza de mañana. Así que intentaré ahorrarme los rodeos e iré al grano. No prometo nada. (Positividad al máximo. ¡Di que sí!)

¿El porqué de la canción? Me la descubriste tú. Y ahora, cada vez que la escucho, no puedo evitar acordarme de ti. Para mí, esa melodía pegadiza lleva tu nombre; y encaje o no con este texto, no podría haber elegido otra. También, he de confesar, está formando parte de mi banda sonora particular en este preciso momento.

El motivo principal de este texto, como ya habrás intuido, es darte la enhorabuena por haber cumplido un año más de vida; que es uno menos, pero ese no es el asunto que nos atañe ahora. ¡Ah! Y esta vez me decanto por la prosa porque los últimos versos entre tú y yo casi nos cuestan la “amistad”. Aunque nada me asegura que estas líneas vayan a tener mejor final; pero eso, ahora mismo, me da igual. (Volvemos a ser positivos, ¡oh, sí!)

¡Gracias por existir!

Vale, creo que he ido demasiado al grano. Demasiado directo. Demasiado sin rodeos. Demasiado brusco… Perdona. Déjame que lo intente otra vez. M., me alegro de haberte conocido y agradezco a la fortuna que te haya puesto en mi camino. Y me alegraré cada día de mi futura vida cuando un recuerdo desprevenido me invite a rememorar cómo fui a dar con tu rostro entre tanta gente. De esa manera tan indirecta y cotidiana en mi rutina, pero contigo especial. Vamos, la típica casualidad que no sabes qué tiene de “casual” realmente. Sobre todo, por cada una de las situaciones, sensaciones y sentimientos de los que has sido artífice posteriormente; de forma voluntaria o no, pero artífice igualmente. Podría enumerar cada una de ellas, pero son tan nuestras, como tú tan tuya y yo tan mía, que compartirlas con el mundo sería casi una herejía.

Y ¡gracias otra vez!

Sí, gracias por todo lo que has sido, eres y espero que seas. No tengo fe en los nudos que nos puedan atar en el futuro, así que me aferro a lo único que hemos tenido y quizá lo único que podamos tener, un continuo presente lleno de incertidumbre. Me vale, siempre y cuando eso signifique saberte y sentirte viva. Cerca o lejos, me es indiferente; me inspirarás igual. Para bien o para mal, prefiero tenerte a miles de kilómetros de mí a quererte demasiado cerca y no saberte sujetar. La distancia perfecta para no olvidarte y que tú me puedas recordar.

Recordarnos a nuestra manera, pero hacerlo al fin y al cabo. Sabiendo lo que sabemos la una de la otra y agradeciendo, hablo por mí, el habernos podido asomar a un alma ajena, desconcertante pero atractiva, que nunca ha sido ni será un alma más. Yo te invité un poco a la mía con aquella “Metafísica de los (tú)bos”. Ese pequeño conjunto de palabras hecho libro que solo a unos pocos me arriesgo a regalar. Es mi vida, o un buen resumen de cómo entiendo y he entendido, hasta ahora, la misma.

Te podía la curiosidad. Me ibas conociendo un poquito más en cada página. Y sin saberlo compartiste conmigo el fragmento en el que esperaba te detuvieses a pensar. Seguro no fue el único, pero sí el que te atreviste a recomendarme que debía recordar. Quizá con la ingenua esperanza de que algún día me atreva a poner en practica la conclusión final…

“…o bien uno decide no encariñarse con las personas y las cosas, con el fin de que la amputación no resulte tan dolorosa; o, por el contrario, uno decide amar todavía más a las personas y las cosas, poner toda la carne en el asador, <<ya que no estamos mucho tiempo juntos, te voy a dar en un año todo el amor que te habría podido dar en una vida>>.”

Pero, créeme, a día de hoy, 13 años después de haberlo leído por primera vez y haberme identificado con el dilema aquel (¡Qué casualidad! Otra vez el “13” haciendo de las suyas), sigo dudando entre ambas formas de manifestar mi amor por las personas y las cosas. ¡Qué le voy a hacer! Me sobra miedo y me falta valor. Y contigo me pasa igual, un dilema constante, un limbo perenne… Ojalá fuese distinto, pero contra la naturaleza no se puede luchar y creo que me entiendes sin que tenga mucho que explicar.

¿Ves? Ya me he ido por las ramas. Perdona, esto era una felicitación y ha terminado convirtiéndose en un fragmento de “Lo que el viento se llevó“. Debería haber empezado este texto con un “felicidades” y haberlo terminado igual. Me habría ahorrado tanta dilación sin ton ni son.

Perdona, cuando empiezo a escribir pocas son las cosas que me hacen ponerle fin. En este caso, es la amarga sensación de estar escribiendo solo para mí, porque nunca te diré lo que un martes 13 de un año cualquiera me hiciste escribir.

En fin, ¡felicidades! 🙂

 

A la atención del lector intrépido: La fecha de publicación de este texto no es real. Lo empecé un día cualquiera y lo terminé otro día igual. El 13 es su cumpleaños, pero ese martes solo fue el principio de nuestro final. M. y yo, muy a mi pesar, estábamos destinadas a conocernos para podernos olvidar. Yo aún no lo he hecho, pero como todo, cuestión de tiempo será. Ella seguirá su camino mientras yo ando el mío sabiendo que hace bastante que nos habíamos ido.

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