Rastas

Érase una vez un animal perdido…

7:00 am. Un perro pequeño, un tanto greñudo y sucio, corre nervioso olisqueando de un lado a otro los portales de una calle estrecha de Madrid; ninguno le termina de convencer. Al final de esa misma calle me encuentro yo, envuelta en mis rutinarias prisas voy casi corriendo en dirección al metro. No quiero llegar tarde a mi destino. El perro, por su parte, se percata de mi presencia acelerada y confiado, sin conocerme, acelera sus cuatro patas en mi dirección. Describe círculos a mi alrededor moviendo la cola. Necesita mi ayuda. Le acerco la mano al hocico con respeto. Me da un lengüetazo. Hemos roto el hielo.

Lo primero que hago es hurgar en su cuello en busca de algún collar, o algo que pueda brindarme una pista acerca de su procedencia. Nada a la vista. Miro a ambos lados de la calle, no hay nadie. Empiezo a sospechar que lo han abandonado. Se me encoje el corazón. Durante algunos minutos solo sé quedarme a su lado acariciándola. Sí, resulta que es hembra. Y en cuanto lo descubro, no se me ocurre otra cosa que ponerle un nombre casi automáticamente. “Rastas“, sí. Se llamará Rastas Marley. Esas greñas sucias y esos andares desaliñados me lo han puesto fácil.  Empiezo a encariñarme.

De repente se escucha un ruido ajeno a nosotras. Una señora sale de un portal cercano con el objetivo de pasear a su perro y Rastas sale corriendo a olisquearle. La señora se pone nerviosa y me increpa con la frase “¡Ata a tu puto perro! ¡está poniendo nervioso al mío!”. Yo le respondo, “Perdone, el perro no es mío. Está perdido y estoy pensando có…” Sin dejarme terminar la frase, sentencia la conversación con un: “Ese no es mi problema. ¡Llévatelo de aquí!”. Y se marcha tirando de su perro mientras masculla frases indignadas entre dientes. Yo me quedo en shock. No me esperaba esa reacción. Y mucho menos de una persona que tiene mascota. Me acerco a Rastas, que sigue dando vueltas a mi al rededor. Le acaricio la cabeza y juego un poco con sus orejas. Pienso: “Qué buena eres. Y si te han abandonado, no te preocupes. En mi casa hay sitio para ti”.

Dejo a un lado mis elucubraciones “animalosoafectivas” y me dispongo a actuar. El tiempo corre. Tengo que hacer un par de llamadas. Porque, si sus dueños la han perdido, puedo imaginar su angustia. Me acuerdo de cuando perdimos a Hannah (la perrita de mi hermano). ¡Cómo hubiésemos agradecido que alguna de las personas que la vio hubiese dado parte a los servicios correspondientes! Se hubieran evitado 3 días de angustia y sufrimiento, tanto para Hannah como para nosotros.

Busco el móvil. Marco el 010 (Ayuntamiento de Madrid). Nadie contesta. Sigo a la espera mientras intento que Rastas no se vaya muy lejos. Pienso inmediatamente que necesito una cuerda o algo para retenerla conmigo. Pasan coches por esa calle y Rastas vaga desorientada. No quiero ocurra una desgracia. Sigue siendo muy temprano.

De una de las esquinas aparece una mujer de unos 45 años. Por las prisas que llevaba quizás se dirigía a su trabajo. Rastas sale disparada a olisquearla moviendo efusivamente la cola. Pienso: “¡Qué sociable es este perro! Quizás debería aprender un poco”. Vuelvo otra vez a la escena y lo primero que escucho es: “¡Por qué llevas suelto al maldito perro! Que puede morder a alguien o mancharle, ¡inconsciente!”. Me quedo muda. Otra reacción adversa más al simple acercamiento feliz de un cánido inofensivo. No doy crédito. La señora se aleja con el ceño fruncido y maldiciendo a gritos mi “inconsciencia e imprudencia”. Antes de que desaparezca le grito: “El perro está perdido, señora. Y usted está amargada ¡Qué poco solidarios sois en este barrio!”. Creo que esto último no lo oyó, pero yo al menos me desahogué.

Busco nuevamente a Rastas con la mirada y la llamo por su nuevo nombre. Obviamente, no responde al mismo, pero segundos después se acerca a mí, quizás intrigada por lo que digo y mis gestos. Se sienta a mi lado y me da un lengüetazo en la pierna derecha. Ya estoy encariñada.

Dado que mis encuentros con los vecinos han sido bastante desagradables, descarto tocar telefonillos para solicitar ayuda. La hora no acompaña y no quiero nos bañen a Rastas y a mí con un cubo de agua desde la terraza. Vuelvo a llamar al 010. Me contesta una mujer. Le cuento mi problema y me deriva al 092 (Policía Municipal de Madrid). Éstos a su vez, tras escuchar mi narración de los hechos, me dicen que darán mi número al SEVEMUR (Servicio Veterinario de Urgencia de Madrid Salud del Ayuntamiento de Madrid) y que pronto me llamarán. Antes de colgar, me aconsejan que busque algo para retener al perro y así facilitar su recogida cuando lleguen los del SEVEMUR. Colgamos.

Vuelvo a buscar a Rastas con la mirada. Se aleja calle abajo, “Mierda”. Voy tras ella. Se detiene ante un hombre de mediana edad que espera en una esquina. Por la ropa que lleva parece que se dirige a trabajar en alguna reforma. Le comento que la perrita está perdida y he de intentar retenerla para que puedan recogerla. Me dice: “Te ayudo. No te preocupes”. Sus palabras me devuelven la fe en la humanidad; me alivian. ¡Alguien quiere ayudarme con Rastas voluntariamente y sonríe con cada acercamiento del animal!. En ese momento llega un segundo hombre. Al parecer, compañero de trabajo del primero. Le contamos lo ocurrido y vamos juntos a los contenedores a buscar alguna cuerda para atar a Rastas. Cogemos bolsas verdes del Mercadona y les quitamos las asas, improvisamos una pequeña cuerda con ellas y conseguimos retener a la perrita.

Mientras los hombres acarician a Rastas (Es muy buena. No pueden resistirse a sus encantos perrunos) recibo la llamada del SEVEMUR. Me recomiendan que deje al animal en alguna clínica veterinaria de la zona. Opción descartada, no hay ninguna abierta todavía. Me instan a que pregunte a algún vecino. Pero lo descartamos también tras contarle que aquellos que me he encontrado no han sido muy simpáticos y no estoy en un barrio que conozca. Nos lamentamos.

Finalmente, llegamos a la conclusión de que la mejor opción es dejar a Rastas en la unidad de la Policía Municipal del barrio y que luego vayan allí los del SEVEMUR  a buscarla. Los hombres que estaban conmigo me comentan que está un poco lejos de donde nos encontramos, pero que no me preocupe, que me acercan a Rastas y a mí hasta el lugar en la furgoneta de trabajo que tienen aparcada en la misma esquina.

Durante el trayecto, el hombre que llegó más tarde a la escena me contó una anécdota similar que le había ocurrido a él cuando vivía en Barcelona. En su caso eran 3 perros abandonados que vagaban por la zona donde residía. Nadie hacía nada al respecto. Él dio parte de la situación a las autoridades y finalmente terminó adoptándolos. Esta historia salió a colación de un comentario en conjunto: “Hace falta más solidaridad en el mundo”. Esa solidaridad que no es “caridad”, sino justicia social; como diría Galeano.

Llegamos a la comisaría. Nos despedimos y les agradezco mucho la ayuda que me han prestado, y exclamo al viento que hace falta más gente como ellos en el mundo. Sonríen, me desean suerte y se marchan a trabajar.

Entro en las dependencias policiales y explico todo lo ocurrido a los agentes. Toman mis datos y se quedan con Rastas. Me agradecen las molestias y me despiden. Me marcho.

A medio camino, decido volver. No me he despido de Rastas todo lo que me gustaría y no sé si la volveré a ver alguna vez. Entro y voy corriendo hacia ella. Los agentes me miran desconcertados pero supongo entienden mi reacción, o no; me es igual. Rastas me lame la cara y yo juego con sus orejitas. Sé que debo marcharme. Se me hace tarde, pero aprovecho a preguntar por cuál será el destino de Rastas. Uno de los agentes presente me comenta que el SERVEMUR se haría cargo de ella. Primero buscarían al dueño, en caso de que lo tuviese y pudiesen localizarlo gracias al chip. Si la mascota no tuviese chip, la llevarían a la protectora de animales del Ayuntamiento y tras algunos procesos veterinarios y burocráticos la pondrían en adopción. Les comenté que en este segundo caso me gustaría poder adoptarla. Guardaron mi número de teléfono y me dijeron se lo darían al SEVEMUR. Una parte de mí deseaba que no tuviese dueño. ¿Egoísta? No lo sé; quizás. Pero qué puedo hacer si después de una hora esta perrita ya me había robado el corazón.

Después de unas horas llamé al 092 para que me informasen al respecto de Rastas. No sé, solo quería saber si estaba bien y qué había pasado con ella. Me dijeron que no podían facilitarme esa información, que llamase al 010. Llamé, pero nadie me contestó. Busqué contactar con el SEVEMUR, pero no tienen teléfono directo, así que escribí un correo electrónico a la protectora de animales del Ayuntamiento. Les conté todo lo ocurrido y que esperaba que pudiesen informarme sobre la situación de Rastas.

Pasaron 3 horas hasta que recibí una respuesta: “Buenas tardes. El animal por el que pregunta ya ha sido devuelto a su propietario. Un saludo”. ¡Crush! Sentí un pequeño crujido interno porque eso significaba que no volvería a verla. Tras unos segundos, recobré la cordura, y la poca sensatez que me queda me hizo alegrarme porque Rastas haya podido volver a su hogar.

Nunca he creído en el amor a primera vista. Empiezo a creer.

 

PD: Buscaré la forma de dar con ella otra vez. Tengo que saber si está bien.

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