Paseando entre tus dedos

…ahí me quedo.

Abro los ojos. Casi no he dormido nada. Recuerdos bonitos me vienen a la cabeza. No son reales, lo he soñado. He imaginado mientras dormía todo aquello que me hubiese gustado que pase. Que bajes de tu cama y me abraces sin miedo. Que me digas que suba para acariciarnos lentamente en intervalos. Que mi torpeza no hubiese hecho acto de presencia y ahora no tuviese que conformarme con mirarte desde aquí abajo. Todo eso lo he soñado. Y quizás durante más tiempo del que he tenido los ojos cerrados.

Espero mirando al techo a que te despiertes. A que te asomes desde lo alto de tu litera y me digas “buenos días”. Se me alivia el alma en el autoengaño prematuro, pero la realidad intermitente ya no se apaga ni se enciende. Lo que veo es lo que hay: Tú ya no estás. El amanecer se acerca vacilante, primero prendiendo las cortinas y luego calentando mis mejillas. Ojalá el sol me quemara la vida y me la volviese a enfriar, para que al cristalizar fuese yo quien decidiese qué forma tomar. 

Sigo dejándome llenar de mil hipótesis. Mil situaciones diferentes. Mil y un sentimientos entrelazados entre parpadeo y parpadeo. De repente algo ocurre. Me enseñas una mano de forma involuntaria y me invitas sin saberlo a acariciarte desde mi suelo particular; con los ojos, mirando sin pestañear. Empieza a amanecer. Te recorro con la vista desde la muñeca hasta el pulgar, pasando por el anular y deteniéndome en el meñique. Me gusta tu meñique.

Tras haberte repasado unas 39271 veces, quiero más. Con los ojos ya no es suficiente; te quiero tocar y empiezo por tu anular. Y como si de un espasmo se tratase provoco el sutil choque con tu superficie epitelial. Así, casi sin rozar. No reaccionas. Duermes profundamente, o quizás mi estímulo haya sido demasiado débil. Te miro el rostro detenidamente a la altura del colchón. Me hace gracia tu cara en fase REM.

De la boca te asoman dos dientes bajo el labio superior más levantado de lo normal. Tienes el brazo izquierdo bajo la almohada. Sin duda, lo tuyo no es dormir a ras de cama. Ni de suelo. Me dispongo a tocarte el dedo anular, y como si de unas teclas de piano se tratase voy pulsando tus falanges a ritmo de jazz. Te gusta, lo sé. No eres consciente, pero una remota parte de tu cerebro sabe lo que está ocurriendo. Y ojalá, en un hipotético sueño, pudieses escuchar la melodía que intento crear.

Dejo de presionar y paso a una caricia lenta general. Empiezo por el borde de tus dedos. Con mi mano derecha de dedos pequeños me voy deslizando suavemente entre ellos; como aquel que da un paseo en medio de un frondoso bosque mirando a un lado y a otro seducido por las vistas; ensimismado por un silencio que nunca se cansaría de escuchar, y embriagado por ese perfume natural del musgo adherido a las piedras y a los troncos de los árboles que se asientan sobre la húmeda y perfumada tierra a la que me gustaría poderte llevar. En mi caso, bailo sin pisar cada una de tus llemas. Me pierdo entre tus huellas y me busco sobre tus uñas. Con una delicadeza temerosa voy ascendiendo en mi recorrido. Llego a las primeras articulaciones rodeándolas en cada dedo. Sigo avanzando con mucha pausa y ninguna prisa. La siguiente parada son tus nudillos. Llego a ellos expectante. No sé lo que me espera. Quizás de repente te despiertes por el ruido de mis torpes caricias y te dé por reprenderme al osar perturbarte. Pero deseo acariciarte más, aunque no quiero caer en ese tacto fuerte y precipitado causado por las ansias. Mi brazo derecho empieza a entumecerse. Tenerlo tanto tiempo levantado empieza a molestar . Pero bien merece la pena el hormigueo constante de esa congestión muscular si eso significa no dejarte de tocar.

Ya estoy sobre la palma de tu mano. Avisto su llanura superior con un leve tacto y me adentro en sus internas dunas. Busco tu calor; ese que me regalabas cuando me acariciabas, cuando me abrazabas… cuando me besabas. Recorro cuidadosamente, dibujando una delicada curva, cada milímetro de esa cúpula palmar. Una lágrima dibuja sobre mi rostro el infinito camino hacia tu corazón.  De repente, se me comprime el alma y se me expansiona el cuerpo. Acabo de encontrar tu pulso y te susurro con la esperanza de que puedas oírme: “Nunca dejes de latir”.

Te mueves. Bajo el brazo con rapidez y me escondo avergonzada entre las sábanas de tu cama. Una parte de mí quiere que sigas durmiendo para contemplarte sin permiso previo, la otra desea que no.

Desea que te levantes… me mires…lo reconsideres…nos volvamos a besar.

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